Padre Celestial, en Tu sabiduría, has enviado a Tu Hijo, Jesús, para penetrar las sombras de mi corazón con Su luz misericordiosa. Concédeme el valor de no apartarme de Su mirada escrutadora, de soportar la incomodidad que viene con la exposición a Su verdad. Abre los ojos de mi corazón, Señor, para que pueda contemplarte en toda Tu gloria y ser transformado en una semejanza que refleje el resplandor de Cristo. Enséñame a apartar mi mirada de los destellos fugaces de este mundo, para buscar en su lugar el atractivo perdurable de Tu presencia. Sobre todo, permíteme apreciarte más allá de todas las tentaciones terrenales. En el precioso nombre de Jesucristo, elevo esta oración. Amén.
Y todos nosotros, que con rostros descubiertos contemplamos la gloria del Señor, estamos siendo transformados a su imagen con una gloria cada vez mayor, que proviene del Señor, que es el Espíritu.
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